José Antonio Montano

José Antonio Montano

He estado dos meses leyendo La montaña mágica, de Thomas Mann, aunque el plazo es engañoso: durante semanas, por mis ocupaciones, la leí despacio; luego, en dos encierros, apuré ochocientas páginas. Mi edición (la de bolsillo de Edhasa) tenía algo más de mil. Hacía tiempo que quería meterme en una lectura larga y el efecto ha servido: una lectura que marcase una época, un paréntesis con un antes y un después. Probablemente no haya lectura más adecuada para este propósito: el tiempo estancado del sanatorio Berghof absorbe también al lector. Se pierde la noción de los días. La novela es un internamiento y al final se regresa al mundo con la sensación, abrupta, de haber estado hechizado.

Ha ocurrido también que he caído enfermo. Durante unos días me asaltó una dolencia que me permitió introducirme en el espíritu fangoso de la enfermedad: jornadas con el cuerpo abusivamente en primer plano, sin espacio para nada que no fuese el dolor. El pensamiento se vuelve cloaca entonces: un líquido lastrado por debajo, que estropea más las cosas. Yo, nietzscheano que he simpatizado siempre con el paganismo, me di cuenta de la trampa de la exaltación del cuerpo: a este, en realidad, solo hay que pedirle que sea transparente, que funcione. Un instrumento afinado que emita música: pero nuestro deleite será por la música, no por el instrumento.

En La montaña mágica el cuerpo, el cuerpo enfermo, es el protagonista: el ruido del cuerpo y sus trastornos en el espíritu. El sanatorio funciona como gran cámara anestésica: su único recurso terapéutico real es la laminación del tiempo. Jornadas que ruedan, que se amontonan, que se amasan. La cumbre es un globo aerostático que corta las amarras con el mundo de abajo: el de los relojes y los almanaques.

Pero Hans Castorp encuentra arriba también un laboratorio: se le desvanece el tiempo, pero obtiene la experiencia. Al repasar ahora la novela aparece con nitidez el trazado; las pruebas que el protagonista ha ido atravesando. Eugenio Trías, en su ensayo sobre Thomas Mann, las relaciona con las pruebas (iniciáticas) de La flauta mágica de Mozart. Y entonces se comprende el adjetivo, que en la novela solo parece plausible al final, cuando Hans Castorp sale del encantamiento (y a partir de ahí, claro, sí se aplica retrospectivamente).

En mi memoria destacan ahora las sesiones en la chaise-longue, las rutinas del termómetro, los desasimientos, las muertes, las excursiones alpinas, el amor por Madame Chauchat y –lo mejor de todo– los duelos dialécticos entre Settembrini y Naphta. Me ha extrañado no haber oído hablar nunca del único personaje equivalente a ellos en potencia: Peeperkorn, “príncipe de la personalidad” o “rey de la vida”, cuya presencia dionisíaca rompe (por desactivación) la corriente verbal entre Settembrini y Naphta. Su irrupción me ha recordado a la del actor en las escenas finales de Tala: actor al que Thomas Bernhard caracteriza, agudísimamente, como “filósofo del instante”.

Después de terminar La montaña mágica he ido a buscar el artículo que escribió Savater cuando la releyó hace unos cuantos veranos. Merece la pena. Con una metáfora saludablemente vulgar, la compara con una paella en la que no se acaba nunca el arroz, que uno devora y devora y que luego tendrá que digerir. Yo me encuentro ahora en plena digestión de la montaña. De todas formas, una de mis sorpresas con la novela es que no es pesada: su estilo es ligero, delicioso incluso, y se introduce en abstracciones y profundidades con gracilidad. La digestión se hace larga por la mera acumulación, y por el tiempo acoplado a las páginas; pero es una digestión fecunda: un poso que germina.

 

7 Responses to Digestión de la montaña

  1. María A. del Moral dice:

    Yo leí hace diez años La Montaña Mágica; por cierto, una edición de bolsillo destrozada y hecha cuadernillos por las personas de mi familia que habían pasado por ella… Es una casualidad, pero también yo estaba enferma (con la tibia y el peroné destrozados por una caída).

    Fueron pasando por mis manos los trozos de La Montaña Mágica como una novela por entregas que se me terminó antes de tiempo. Todo en ella me pareció importante: las discusiones de Settembrini y Naphta, la tristeza y naturalidad ante la muerte, la convivencia. Tras la lectura, germinó en mí, como dice Montano, un poso que ya nunca me ha abandonado.

  2. Asia dice:

    Escalé la Montaña Mágica con apenas diecisiete años, un verano confuso como la juventud lo es. Me marcó. A ratos vuelvo a sus párrafos, para encontrarme en todos sus personajes o huir. Curioso, la enfermedad pulmonar está implícitamente unida a las emociones.

    Cuesta respirar. No me extraña que se tomara su tiempo, Sr. Montano.

  3. Gracias a ambas por los comentarios. Yo he descubierto que, pese a la extensión de la Montaña, me había quedado con ganas de más Mann, porque he empezado Doktor Faustus.

  4. Asia dice:

    Espero entonces una entrada suya sobre Doktor Faustus. Una sugerencia si me lo permite, escuchar a Igor Stravinski de fondo, durante la lectura.

  5. A ver si me sale algo cuando lo termine. En cuanto a Stravinski: ¡me habían dicho que era Schoenberg! :-)

  6. Juan Antonio Rivera Juan Antonio Rivera dice:

    Ha sido todo un sorpresón encontrarme contigo, José Antonio. Deliciosa entrada. Con cosas como las que escribís Rebeca, Manuel y tú mismo, nadie me echará de menos.
    Yo no he leído “La montaña mágica” y a Dios pongo por testigo de que no pienso hacerlo. Recordaba, como tú, eso sí, la divertidísima “reseña personal” (llamémosla así) de Fernando Savater, a la que tienes el acierto de aludir en tu entrada. Dices que vas a por el “Doktor Faustus”. Esta sí que la leí, hace ya años de esto, y de ahí vino mi promesa solemne de no repetir con ninguna novela larga de Thomas Mann. Ten cuidado, José Antonio, protégete el hígado. “Doktor Faustus” es lo que Cortázar (creo) llamaba “una novela menos”, una de esas inevitables pesadeces por las que al parecer se debe transitar si quieres ser una persona leída, una buena cucharada sopera de aceite de ricino, interminable. Lo único que recuerdo haber leído con verdadero gusto de Mann (ensayos aparte) es una obrita llamada “Tonio Kröger”.

  7. Jajaja, Juan Antonio: la verdad es que eso es lo que yo pensaba de estas dos novelas… antes de haberlas leído. Yo tiendo a ser un lector hedónico, como decía Borges, así que el que termine un libro es signo de que me ha gustado. Al menos los libros muy gordos: los más delgados puedo terminarlos por otro placer, que es el de la malicia. Mi gran sorpresa con “La montaña mágica”, como digo en mi texto, es el de la ligereza. Y por ahora “Dokor Faustus” me está pareciendo más ligero aún… A ver cómo sigue.

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