El gusto estético, cuando lo circunscribimos al ámbito del arte, es la predisposición que tiene una persona a sentir placer estético ante determinadas obras de arte y a no sentirlo ante otras. Las personas tenemos distintos gustos, como resultado de diferencias en el temperamento natural, la edad, la educación, la familiaridad con el arte, la moda, el estatus social y el entorno cultural en general.
Evaluamos las obras de arte guiándonos por nuestros gustos estéticos. El placer estético, entendido en un sentido suficientemente amplio, es la única base legítima sobre la que puede apoyarse la evaluación positiva de una obra. Cualquier otra razón que pueda alegarse a favor de ella es secundaria. De nada vale saber que su creación requirió un gran trabajo, que cambió radicalmente el modo de hacer arte o que tiene una estructura muy compleja. No estaremos en condiciones de afirmar que una obra nos parece buena mientras no provoque en nosotros esa especial admiración que caracteriza al placer estético. Esto supone, dicho sea de paso, que no podemos hacer una evaluación genuina de una obra que no hemos experimentado directamente, puesto que el placer estético requiere experiencia perceptiva. (Algunas obras de arte conceptual constituyen una excepción a este principio, cuando pueden describirse como obras sin una estructura perceptiva concreta. Por otra parte, hay que hacer algunas modificaciones en la formulación de este principio para adaptarlo al caso de la literatura).
Dada la diversidad de gustos, una misma obra puede parecerle buena a algunos y mala a otros. De aquí que distintas personas tracen la línea divisoria entre arte bueno y arte malo de manera diferente. Esto no sería un problema si los juicios estéticos fueran meros juicios de gusto, como cuando decimos que nos gustan los helados de vainilla o los zapatos de cordones. Pero el juicio estético es algo más. Cuando afirmamos que una obra es buena, estamos manifestando nuestra opinión de que es apropiado prestarle atención y disfrutar estéticamente al experimentarla. En otras palabras, afirmamos que la obra debe ser reconocida como buena y que no hacerlo supone una forma de mal gusto. La práctica habitual en la crítica de arte (tanto la más profesional como la que practicamos continuamente los legos) no sólo da por supuesto que hay obras buenas y obras malas. También presupone tácitamente que hay buenos gustos, que dan lugar a juicios estéticos verdaderos o correctos, y gustos malos, que dan lugar a evaluaciones falsas.
Los gustos estéticos tienen –si este supuesto de la crítica de arte no es un error– una doble vertiente. De un lado son los que son, forman parte de nuestra psicología empírica y no somos libres de elegirlos. Pero eso no impide que, de otro lado, estemos sometidos a presiones racionales para educarlos y mejorarlos, lo cual implica aceptar que somos responsables de ellos. En esto no son diferentes del resto de actitudes racionales, como el carácter moral (ser perezoso, por ejemplo, no es sólo un hecho de nuestra psicología, sino una falta en el ámbito de la moral personal) o las habilidades epistémicas (uno no puede limitarse a decir, por ejemplo, “es que yo razono así”, sino que debe razonar como es debido). Hay obras de arte que deben gustarnos, aunque no nos gusten.
Sin embargo, una cosa es reconocer que nuestros juicios estéticos pueden ser equivocados, si tienen su base en unos gustos romos o mal afinados, y otra afirmar que a toda divergencia en los juicios estéticos subyace siempre un error. Esto último es falso. Existen diferencias de gusto plenamente legítimas.
5 Responses to Sobre gustos
Deja un comentario Cancelar respuesta
Autores de pensarlibre
- Francisco Lapuerta Amigo (98)
- Jorge Mínguez (82)
- Manuel Pino (35)
- Enrique Clavel (20)
- Rebeca de Luna (5)
- José Antonio Montano (1)
- colaborador (1)
Nube de etiquetas
ética aburrimiento arte autoconciencia autocontrol autoengaño autoimagen belleza conocimiento cuerpo deporte deseo dolor estética existencia experiencia estética felicidad flujo gusto identidad personal inmortalidad literatura mente moral muerte naturaleza obsesión optimismo orientación al futuro particulares percepción pesimismo placer racionalidad realidad en sí referencia representación satisfacción sentido de la vida sufrimiento tiempo verdad virtud voluntad yoComentarios recientes
- Jluzon en Para qué la filosofía
- Jluzon en Para qué la filosofía
- julio broca en Abstracción y naturaleza
- Marta en Monsieur Lazhar
- mae en La piel que habitamos
- Francisco Lapuerta en La tentación de creer en el destino
Archivos
![[Google]]( http://www.pensarlibre.com/wp-content/plugins/easy-adsense-lite/google-light.gif)






“Hay obras de arte que deben gustarnos, aunque no nos gusten”. Completamente de acuerdo con esta sentencia, que aparece matizada en lo que resulta ser una posición ecléctica, la única que cabe, a mi entender, en este complicado asunto: el juicio estético es normativo, pero se trata de una normatividad no rígida.
Dicho con un lenguaje más de andar por casa: cada uno tiene sus gustos, y eso es estupendo, pero no por ello todos los gustos valen lo mismo.
No vuelva a decirse, después de esta esclarecedora entrada de Mínguez, aquello de “sobre gustos no hay nada escrito”.
“Esto último es falso”
Me refiero al final de la entrada. Es falso afirmar que a toda divergencia en los juicios estéticos se siga un error. Pero también lo es (o debería ser, según creo) establecer diferencias entre dichos juicios: inapelables por una parte, condescendientes, estimativos, por otra. Porque a todo juicio antecede la norma o ley que lo justifica y fundamenta, y a toda norma o ley precede la falta, el error o el delito al que sanciona y castiga.
Así, el ladrón antecede a la ley de no robar, y ésta precede a sus juicios. Sin más.
¿Que ley para qué infractor allá, en el paraíso de los bienaventurados? ¿A qué condenar la blasfemia entre los ya condenados para siempre al fuego? ¿A qué, a quiénes aplicar una ley que no se puede cumplir o se ha de cumplir necesariamente? ¿A qué vigilar la gravedad de las cosas pesadas para que pesen?
Porque la educación para las artes, esa educación del gusto, de las formas, esa moda, esa sociedad, entorno, etc…, todo eso no es sino ley o no pretende sino serlo. No es sino historia. Y como tal habría de someter el arte a su juicio. Habría de corregir cualquier divergencia, puesto que de lo contrario diríamos también: ¿qué ley, qué historia esa en cuyo seno se diese la excepción? ¿Qué clase de delito a gozar de privilegio bajo la ley que lo persigue, lo vigila y castiga?
Posiblemente ocurra que no exista esa ley, que la supuesta historia sea otra. Que todo sea un castillo, pero de naipes. Que todo sea un teatro, un diorama, un belén o nacimiento, un enredo, una suma grande de pequeños errores, una historia mal interpretada. Apenas cáscaras que al menor gesto se rompen. El contenido del huevo se derrama.
Mierda de artista. Se rompió el huevo. ¡Mierda de artista!
Pero sea todo dicho y hecho con el debido respeto y consideración. Incluso eso de que sobre gustos no hay nada escrito. Buscando piojos en la espalda de su compañera se organiza la paz en la jaula de los monos. Felices pascuas para todos. Y año nuevo
No sé si es del todo cierto decir que «Evaluamos las obras de arte guiándonos por nuestros gustos estéticos», lo digo por mi mismo. Dos ejemplos, uno cinematográfico y otro del arte culinario: a mi me encanta la película Ovejas asesinas y me lo paso pipa con ella, aunque sé que es mala, mala de narices. En cambio nunca he soportado más de media hora de Que bello es vivir (peli navideña por excelencia), aunque sé que es un superclásico digno de estar en toda antología. En cuanto a comida, no pararía de comer gominolas (sobre todo de esas que van rebozadas de pica-pica), pero en cambio la repostería japonesa que venden en Ochiai me sabe a aire, aunque seguramente esa es precisamente su exquisitez. Vamos, que tengo muy mal gusto y sin embargo sé juzgar cuando una obra es buena o mala. Son cosas independientes. Si consiguiera aunarlas seguramente se podría decir que tengo buen gusto, pero no lo creo necesario.
Es cierto que existen difencias de gusto plenamente legítimas, como dice Jorge al final de su entrada. La apreciación del arte es muy personal, aunque la obra sea la misma para todos.
Lo ha dicho muy bien Eloy Sánchez Rosillo en un poema que se titula, precisamente, “La belleza”:
“La belleza es de todos
(huerto con sombra y sol, aljibe y cielo
y acequia rumorosa,
con su fruta madura y su rosal,
y con su adelfa amarga):
patrimonio común que sin embargo
sólo es de cada uno.”
(Del libro “Sueño del origen”, 2011)
“Hay obras de arte que debe gustarnos, aunque no nos gusten”. Me lo explique.