No sólo en física, sino también en filosofía tenemos frecuentemente la impresión de que las cosas más básicas no están todavía resueltas, y de que cuanto más avanzamos, más dificultades de comprensión se nos presentan. El problema de la conciencia, sin ir más lejos. El problema de la conciencia no es otro que el de la mente en cuanto que es sujeto de experiencias. Aceptemos que esa mente surge de las conexiones neuronales: una red tan compleja que cuesta imaginarla. Tenemos unos 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales puede conectarse simultáneamente con otras 10.000 para realizar una enorme cantidad de intercambios químicos y eléctricos. El resultado de todo ello es que la materia piensa. ¿Qué quiere decir que la materia, concretamente ese pedazo de gelatina que tenemos dentro de la cabeza, piensa? ¿Que procesa información? No lo hace como un ordenador ni como una calculadora potente. No creo que sea sólo un complejo mecanismo de entrada y salida de información, como dice el filósofo Daniel Dennett (Consciousness Explained, 1991), pues una máquina, por muy inteligente que sea, no tiene experiencia subjetiva. Puede que esté programada para que parezca que siente, incluso para que parezca que cree que siente, pero hay una diferencia cualitativa esencial entre ser capaz de expresar que se tiene conciencia y tenerla de verdad.
Los procesos mentales -deseos, emociones, pensamientos, decisiones, recuerdos, sueños- pueden ser conscientes o inconscientes. Tal vez la parte consciente, en la que tenemos la falsa sensación de estar viviendo, sea bastante más insignificante que la inconsciente. También vivimos en el inconsciente; lo cierto es que el cerebro realiza constantemente operaciones de las que no nos damos cuenta. Solemos pensar que las operaciones mentales son producto de cambios microfísicos en el cerebro. Pensamos en ellos -los neurólogos también lo hacen- como producidos por las neuronas. ¿Pero qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que primero ocurren los movimientos de las neuronas y después los procesos mentales? ¿No es absurdo suponer que las neuronas deciden qué proceso mental se activa en cada momento? ¿Cómo pueden decidir las neuronas por sí mismas? ¿No se necesita un sujeto con mente -aunque sea una mente inconsciente- para tomar una decisión? Dado que ésta parece una vía equivocada, ¿por qué no admitir una relación causal inversa, suponiendo que son los procesos mentales provocan determinados movimientos de las neuronas? Por ejemplo: decido mover un brazo. ¿No hay ahí una orden de activación del área motora de la corteza? Pero ¿quién da la orden? ¿El yo? ¿Y qué es el yo, sino más neuronas?
Tal vez sea cierto que la relación entre mente y cerebro sea de retroalimentación: la actividad neuronal produce mente y la mente produce más actividad neuronal. En esto parecen estar de acuerdo los neurocientíficos. Sin embargo, es dudoso hablar aquí de relación causal. Si lo hacemos, incurrimos en un doble peligro: primero, el de dar por supuesto que el cerebro (el cuerpo) es como un vehículo manejado desde el interior por un conductor invisible (la mente); segundo, el de suponer que la mente es algo así una representación proyectada por los circuitos neuronales dentro del complejo edificio material del cerebro, en el centro del cual hay un espectador que es el yo. Nada de esto es correcto; por tanto, hay que pensarlo de otro modo.
El filósofo Gilbert Ryle (The Concept of Mind, 1949) tuvo una buena intuición cuando dijo que la mente no es una entidad independiente que habita en el cuerpo. Para empezar, el cuerpo no ha de ser visto como una simple máquina biológica, sino como actividad. Y la mente no es una especie de fantasma que vive dentro la máquina; es también actividad. Los actos mentales y los actos corporales son, según Ryle, la misma cosa. Son respuestas a los motivos que se nos presentan. A veces estos motivos son tan complejos que ni nosotros mismos nos enteramos de por qué pensamos lo que pensamos, por qué sentimos lo que sentimos, por qué recordamos algo o por qué decidimos realizar un acto voluntario, por ejemplo mover un brazo. Sigue siendo un misterio hoy día cómo es posible que podamos decidir algo tan sencillo como mover un brazo. Lo que único que podemos decir al respecto es que tales “decisiones” son respuestas a los motivos (físicos o psicológicos, tanto da) que se presentan; y que estas respuestas tienen que ver con la tendencia natural que tiene cada uno para actuar en determinadas situaciones.
La idea de Gilbert Ryle, por tanto, es que el cuerpo y la mente no son entidades diferentes, sino un mismo impulso, una misma energía, una misma actividad. Es interesante, ¿no? Pues también es interesante saber que esto mismo ya había sido dicho, un siglo antes, por Arthur Schopenhauer.
3 Responses to Cuerpo y mente: una sola actividad
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Totalmente de acuerdo en que el cerebro inconsciente ha sido el gran descuidado en psicología y neurociencia. Salvo por Freud (y también, en cierta medida, el omnipresente Schopenhauer, que parece haberse adelantado a todo y a todos). Quizá por temor a ser confundidos con Freud, y con el peculiar uso que él hizo del inconsciente, es por lo que hasta hace dos días los psicólogos y neurocientíficos se han apartado de su estudio. Estoy deseando que salga el nuevo libro de Eric Kandel, que se ocupa de este asunto y que promete mucho: http://www.amazon.com/The-Age-Insight-Understand-Unconscious/dp/1400068711/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1330799641&sr=1-1
Supongo que este punto de vista (cuerpo+mente como actividad) es el primer paso hacia su metafísica de la voluntad.
Sin embargo, lo que me parece interesante, por actual, es trasladar algunas de estas ideas al mundo de los ordenadores (o incluso de la propia red internet). Si nos proponemos explicar qué diferencia a un ser vivo de un ordenador veremos que algunas de las antiguas definiciones ya no sirven.
Un ordenador junto con su sistema operativo es algo bastante parecido a un cuerpo (cerebro)+mente, al menos en tanto que es la actividad lo que lo define. De hecho, creo que mi ordenador tiene algo mucho más parecido a una conciencia (bien sea simulada) que la que tiene el pez de la pecera de mi hijo. Despierto al ordenador y él sabe que hoy es un día diferente que el de ayer. Repasa sus rutinas, abre automáticamente los programas que tiene determinados en su arranque, como el correo o un navegador, y toma sus propias “decisiones” (o me pregunta fielmente) quizá actualizando esto o aquello, haciendo una copia de seguridad de aquello otro, o recordándome alguna tarea pendiente. Yo se que no está vivo ¿pero lo sabe él?
A pesar de lo razonables que muestran ser Schopenhauer y Ryle, aparte de tantos otros que de una forma u otra están con ellos en esto, pasma el éxito de la idea contraria, la del alma frente al cuerpo. Prefiero pensar en el descrédito de la última como muestra de progreso, pero temo que, no siendo así, se llame “progreso” al regreso.