Jorge Mínguez

Jorge Mínguez

Las morales racionales, como la de Kant, sostienen que la verdad o corrección de los juicios morales es independiente de la actitud de quien los hace.

Aunque habría que matizar esta afirmación para evitar una concepción excesivamente rigorista de las obligaciones morales, creo que hay que reconocer que la moral tiene esta independencia como desiderátum, sobre todo cuando pensamos en las cosas que no debemos hacerles a los demás y no en las que debemos hacer por los demás. Respetar los derechos de los otros es también obligatorio, moralmente hablando, cuando nos apetece muy poco hacerlo o nos viene muy mal.

Los juicios morales no difieren sustancialmente, en este aspecto, de otros juicios racionales, como los de las matemáticas y la física. Imaginemos que alguien juzga sobre una cuestión moral con la finalidad de guiar su propia conducta. No hace falta que ese juicio sea explícito, ni tampoco que apele a principios generales. Puede ser algo tan simple como una intuición que le dice: esto no debo hacerlo. Pues bien, entre las razones que esta persona debe tener en cuenta para formarse una idea sobre sus deberes morales no figuran sus propios deseos y emociones.

Es cierto que no podemos esperar que alguien tenga sensibilidad moral, es decir, que sea sensible a razones morales, si sus emociones no le facilitan el trabajo. La educación moral consiste en poner lo que antes se llamaban las pasiones humanas al servicio de la moral, convirtiéndolas en detectores intuitivos de las razones morales. También es preciso reconocer que esas pasiones, aunque en su forma no afinada son a menudo obstáculos que impiden o nublan el juicio moral, poseen un germen de racionalidad, pues tienen el potencial para proporcionarnos conocimiento moral. Si no fuera así, de nada serviría educarlas.

Pero reconocer la importancia de las emociones en el conocimiento moral no es lo mismo que aceptar que forman parte de las razones morales que deben tenerse en cuenta a la hora de hacer un juicio moral. Esto último no es verdad, al menos en los casos paradigmáticos. Por ejemplo, la verdad de la afirmación de que no debemos discriminar a nadie por su raza es tan independiente de la antipatía espontánea que podamos sentir hacia otras etnias como la verdad de la afirmación de que dos más dos son cuatro lo es respecto a nuestros hipotéticos traumas infantiles con la asignatura de matemáticas.

En las cuestiones morales, a diferencia de lo que ocurre con la física y las matemáticas, la psicología concreta de los seres humanos ocupa un lugar relevante. Pero no es la psicología de quien juzga y actúa la que cuenta como razón moral, sino la de aquellos que se ven involucrados en las decisiones que otros toman. Por seguir con el ejemplo del racismo, una de las razones fundamentales que hacen que la discriminación racial sea inmoral es que los seres humanos tienen sentido de la dignidad y pueden sentirse humillados. Si no fuera así, si, por ejemplo, los seres humanos se tomaran con perfecta indiferencia y naturalidad que los miembros de otras razas rechazaran sentarse a comer en los mismos restaurantes que ellos o fueran a las mismas escuelas, entonces la discriminación racial no sería objetable moralmente. En general, detrás de toda norma moral encontramos cosas como la vulnerabilidad humana, su aversión al dolor, su fragilidad emocional y su sentido de la dignidad.

La validez de los juicios morales depende, por tanto, de la psicología humana. Si no de la del propio agente, al menos —eso seguro— de la de los demás. De ahí que se trate de juicios subjetivos, en un sentido obvio del término. Pero ¿son acaso por ello menos objetivos? No, desde luego, en el sentido del término objetividad que nos interesa, que está asociado a la obligatoriedad racional. La verdad o corrección de un juicio moral no depende de nuestra predisposición a aceptarlo, por más que, en otro sentido, su validez sí dependa de cómo estamos hechos los seres humanos, de  nuestra vulnerabilidad y de nuestro sentido de la dignidad.

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5 Responses to Pensar bien (2)

  1. Alejo Urzass dice:

    Estando de acuerdo en el fondo se la cuestión, me pregunto como diferenciar la objetividad 1 (2+2=4) con la objetividad 2 (obligatoriedad moral), pues son de naturaleza diferente: una tribu perdida en la selva y que no hubiera tenido contacto con ninguna otra cultura más desarrollada, es seguro que de haber desarrollado el concepto de suma, éste coincidiría con el nuestro, en lo matemático. ¿Tenemos algún indicio de que sería así en lo concerniente a las obligatoriedades morales, o a su sentido de la dignidad, etc?

  2. Manuel Pino Manuel dice:

    Piensa mal y acertarás.

  3. Alguien dice:

    Pienso en lo problemáticos que son (que a mí resultan) los términos “subjetivo” y “objetivo”. En su función, interpreto éstos de una particular manera.
    Es ésta: lo sintético, lo susceptible de aprendizaje, no admite ser clasificado en términos de subjetivo / objetivo. Y entiendo la moral como algo claramente sintético, del claro dominio del aprendizaje. De lo cual deduzco incertidumbre acerca de si la moral es algo subjetivo u objetivo. Creo que ambas cosas superpuestas y a la vez.
    Entiendo el mecanismo de aprendizaje original, el de la cuna, diferente al posterior y definitivo. La oposición idioma materno / idioma “aprendido” sería paradigmático a estos efectos. El concepto kantiano de “sintético” sería en extremo rígido, monolítico.

  4. Pau dice:

    Igual que cabe hablar del desarrollo de las ciencias positivas, también podemos hablar del desarrollo moral en los individuos y en las sociedades. Lo que pasa es que estos no tienen por qué (y no suelen) andar parejos: podemos concebir (incluso constatar ahora mismo) una civilización de elevadas conquistas en el terreno de la ciencia y la técnica y, a la vez, muy mermada en el desarrollo de las aptitudes morales. Esto no quiere decir que el desarrollo moral no tenga que ver con las aptitudes cognitivas, no conviene disociar estos aspectos, pero sí conviene diferenciar la neutralidad de la indagación científica del razonamiento moral, que se afianza en cuestiones de índole relacional, tales como la justicia, la dignidad individual y la responsabilidad.

    Existen diversos estudios, entre los que cabe destacar los clásicos de Lawrence Kohlberg, que señalan la existencia de diferentes tipos de juicios morales que van emergiendo en diversos niveles a medida que las habilidades mentales se van sucediendo a las diferentes edades. A grandes rasgos estos serían el nivel preconvencional (meramente egótico-narcisista y basado en la incapacidad de asumir el papel del otro), el convencional (se adopta acríticamente el rol establecido por la comunidad, que es quien establece el criterio de corrección de las acciones) y el postconvencional (empieza a aparecer en la adolescencia y el individuo es capaz de determinar sus acciones adecuándolas a conceptos generales que trascienden a los de su comunidad, tales como el de justicia y responsabilidad, a veces en franca oposición a los imperantes en la sociedad que él mismo habita). El problema aparece cuando, en un exceso de pluralismo relativista, se niega esta jerarquía de desarrollo y se afirma un absoluto relativismo ético, donde las diferentes culturas y sus pautas son las únicas responsables del criterio de validez en el correcto actuar. Pero asumir la enriquecedora colaboración y complementariedad de las distintas culturas no implica por otra parte que no exista una base o guía en las acciones intersubjetivas de alcance más universal y asentada en el correcto razonar. Además, los estudios realizados por Kohlberg mostraron, contra las tesis más radicalmente relativistas, que individuos de culturas muy diferentes como la mexicana, la taiwanesa y la estadounidense presentaron las mismas estructuras en el desarrollo de los juicios morales. Las evidentes divergencias en el desarrollo de culturas e individuos no deben hacernos olvidar las más que notables unanimidades presentes en toda la humanidad.

    Por eso me muestro totalmente de acuerdo con la tesis de esta entrada, que fundamenta con excelente simplicidad la base amplia en la que deben sustentarse las acciones morales. Otro problema sería en que de la corrección a priori del juicio moral a la realización de la acción (del dicho al hecho, vamos) hace falta recorrer el trecho mediante la educación. Por eso tan pocos individuos alcanzan en realidad el estadio postconvencional. Parece que no sale rentable…

  5. Juan Antonio Rivera Juan Antonio Rivera dice:

    Muy agudo el comentario de Alejo. No estoy nada seguro de que el término «objetividad», y menos aún el término «verdad», estén bien usados para referirse a las normas morales. «Verdadero» y «falso» se predican de enunciados (o sea, de fragmentos de discurso descriptivo) y no de normas o leyes, que son fragmentos de discurso prescriptivo. Decía John Searle que los enunciados son verdaderos porque se acomodan a los hechos, es decir, porque la «dirección de ajuste», como él la llamaba, va de las palabras a los hechos. En el caso de los mandatos, normas, leyes y demás fragmentos del discurso prescriptivo, la dirección de ajuste va en sentido opuesto: decimos que las normas han sido cumplidas porque la conducta real se ha ajustado a las palabras (no las palabras a los hechos, como en los enunciados verdaderos).
    La pertenencia a distintos tipos de discurso hace que digamos que las leyes normativas (morales o jurídicas) son justas o injustas, pero no verdaderas o falsas, mientras que de las leyes descriptivas (como la ley de la gravedad de Newton) se puede afirmar con toda propiedad que son verdaderas o falsas, pero no tiene ningún sentido calificarlas de justas o injustas. El que llamemos «leyes» tanto a las leyes morales como a las leyes físicas o matemáticas, no debiera hacernos olvidar que unas son normativas y otras son descriptivas, es decir, que pertenecen a especies verbales muy diferentes. Karl Popper dejó clara esta diferencia hace años.
    Por lo demás, y fuera de esta matización, estoy de acuerdo con el fondo de la cuestión que plantea Jorge: con que ciertas normas morales (las que tienen que ver con la moral «fría» del respeto sobre todo) son de «obligado cumplimiento» para todos. Otra cosa son las normas de la moral «cálida» del altruismo, que no son tan universalizables.
    Todo esto está muy estrechamente relacionado con el tema del «progreso moral» o de la perfectibilidad moral, que Paco sacó a relucir hace poco y al que también alude Pau. La cuestión es si se puede defender que existe tal progreso moral (dentro de la moral del respeto, añado) sin verse obligado a decir que determinadas normas morales son «verdaderas» u «objetivas» (lo que considero un error categorial, como diría Gilbert Ryle). Yo creo que sí, pero esto requiere mucha más elaboración.

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