Jorge Mínguez

Jorge Mínguez

Hay poca gente, si no contamos a los adolescentes ni a los filósofos profesionales, que sostenga que los juicios de las matemáticas o de la física son meras opiniones “subjetivas”, en el sentido de que quien los hace podría, si así le hubiera venido en gana, haber dicho lo contrario con idéntica legitimidad. Y siguen siendo minoría, me parece, quienes niegan que en cuestiones morales haya lugar para lo verdadero y lo falso, puesto que incluso los más alérgicos a la autoridad de la razón acaban sintiendo que algo no va bien con su argumento cuando se ven obligados a aceptar, para no abandonar sus tesis relativistas, que los nazis tenían su propia forma de ver las cosas, tan legítima como la de cualquiera. Pero el relativismo moral va empapándolo todo poco a poco y cada vez es más difícil zanjar el asunto sin sacar a colación a los nazis.

Al hablar de los modos de vida, en cambio, es habitual encontrarnos con quienes sostienen que nada puede juzgarse con verdad (ni con falsedad) al respecto, puesto que se trata, dicen, de un ámbito en el que cada uno tiene su propio punto de vista. Sólo uno mismo puede decidir o saber qué es, para él, una forma buena de vivir y qué una forma mala. Esta posición es en cierto sentido verdadera, y falsa en otro. Intentaré clarificarlo, pero aviso de que lo que voy a proponer es un modelo muy simplificado y que haría falta entrar en algunos detalles si queremos convertirlo en una explicación realista.

Es innegable que lo que es bueno para uno dependerá en buena medida de sus características, tanto físicas como psicológicas. Si es esto lo que quiere decir el relativista, tiene razón. Respecto a las características físicas pondré un único ejemplo. Llevar zapatos del número 42 es malo para mí, por la simple razón de que gasto el 46. No hay, por tanto, una medida de zapatos que sea buena en sí misma, ni tampoco una medida que sea buena para los seres humanos en general. Lo que debemos calzar es, en este sentido, perfectamente relativo y dependiente de las características de cada uno.

Lo mismo puede decirse de nuestros rasgos psicológicos y de cómo lo que es bueno para nosotros depende de ellos. Recuerdo que cuando era joven e inquieto sentía un intensísimo aburrimiento, valga el oxímoron, si me tenía que quedar en casa sin hacer nada, mirando con desesperación el estrambótico papel pintado con el que mi madre decoraba sin piedad la casa donde vivíamos. Ahora, que no soy joven ni inquieto, puedo pasarme horas y días en casa, quieto como un lagarto en un día frío. Mi psicología ha cambiado, y con ella ha cambiado también lo que me conviene hacer con mi vida, lo que es bueno para mí. Estos mismos cambios de mi psicología (producidos, en última instancia, por cambios biológicos asociados a la edad) me han llevado a sustituir a Led Zeppelin por el piano de Debussy y las aventuras románticas por la bicicleta estática.

Algo similar puede decirse si comparamos lo que es bueno para personas distintas. Aristóteles no tenía razón cuando dijo que lo bueno para el hombre es la vida de contemplación teórica. Sería, supongo, bueno para él mismo, pero no me imagino a Fernando Alonso dedicado a la metafísica, y no creo que su vida sea por ello un fracaso.

No hay, pues, una respuesta general a la pregunta de cómo debemos vivir, pues eso dependerá de cómo es cada uno. Interpretada de este modo, se puede aceptar la afirmación según la cual lo que es bueno para uno es relativo o subjetivo.

Pero hay otra interpretación de la tesis relativista, que creo que es la que tienen en mente quienes la sostienen y que es mucho menos defendible. De acuerdo con ella, cada uno puede elegir libremente y por puro capricho lo que es bueno para sí mismo, sin que quepa poner en duda lo acertado de su decisión, pues no hay aquí lugar para hablar de lo que está bien y de lo que está mal. No corremos, por tanto, riesgo alguno de no acertar con el modo de vida que nos conviene. No hay riesgo de que malgastemos nuestra vida haciendo cosas sin valor alguno, pues lo que tiene valor y lo que no lo tiene depende exclusivamente de nuestra determinación subjetiva y libre. Si una forma de vida nos parece buena, buena es.

Nuestros deseos tienen, según esta concepción, una autoridad completa para determinar cómo debemos vivir. Y esos deseos no tienen por qué plegarse a un juicio más o menos explícito sobre lo que realmente es bueno para nosotros, sino que el solo hecho de tenerlos es suficiente justificación para que valga la pena cumplirlos.

Sin embargo, aunque esta forma de subjetivismo es, en mi opinión, el resultado de una confusión conceptual, creo que no debemos descartarla sin más. Al fin y al cabo, las personas estamos hechas de tal modo que simplemente cumplir nuestros deseos, por muy injustificados que sean, nos hace sentir bien. Si deseo, por ejemplo, viajar a Japón o comprarme un televisor, obtendré cierta satisfacción si consigo cumplir esos deseos, por muy desacertados e irracionales que sean cuando tenemos en cuenta todos los factores, esto es, cuando tenemos en cuenta cosas como que siento una absoluta falta de curiosidad por lo que puedo encontrarme en Japón o que detesto ver la televisión. Se crea, por tanto, una forma de bucle, que hace que creer que algo es bueno para mí cuente como una razón a favor de que ese algo sea efectivamente bueno para mí, aunque no lo sea por ninguna otra razón. En este sentido mínimo (o microscópico) puede afirmarse también que lo que es bueno para cada uno es subjetivo, puesto que dependerá de lo que uno crea que es bueno para él.

Hecha esta salvedad, el asunto está, en mi opinión, bastante claro. Cuando una persona se enfrenta a unas circunstancias concretas, lo que acabe haciendo puede estar bien o mal, o incluso puede situarse en una zona de claroscuro. Pero en ningún caso son esas evaluaciones intercambiables a capricho. Y, desde luego, no dependen de lo que esa misma persona piense al respecto, salvo en el sentido mínimo antes mencionado. En otras palabras, nadie está libre de error a la hora de juzgar cómo debe vivir.

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4 Responses to Pensar bien (3)

  1. Pau dice:

    Muchas veces erramos dando absoluta autoridad a nuestros deseos, no sólo por una poco profunda e insincera evaluación de nuestras auténticas motivaciones (no me gusta la tele y me compro la última plana del mercado o no me interesan para nada las niponerías y viajo a Japón porque es moda, por seguir con el ejemplo dado por Míguez), sino por una falta de conciencia en la implicaciones de la consecución de nuestras pulsiones. ¿Podemos consumir tan a la diabla como queramos si conocemos las circunstancias infames en las que ha sido producido aquello que es objeto de nuestro deseo? Siempre ha sido así, pero ¿lo corriente es lo mismo que lo correcto? Va a ser que no. No olvidemos tampoco la estupenda exacerbación que han sufrido los deseos de las gentes a través de la manipulación mediática, por ello no conviene dotar a cualquier deseo (apelando a una especie de ignorancia finalística o a un extraño derecho inalienable a equivocarse) de misteriosas magnitudes ontológicas y gnoseológicas, como si de una prístina y recóndita instancia interior se tratara, habida cuenta, como he señalado, de su dúctil pervertibilidad. Y puesto que la filosofía parte del convencimiento de que una vida meditada es mejor vida que una que no lo esté (quizás a eso se refirió Aristóteles y no tanto a que todos debieran dar vueltas alrededor del patio rascándose las meninges), convendría que esta estableciera, desde la razón, de algunas pautas convenientes de respaldar. No estoy diciéndole a nadie lo que debe desear si quiere ser bueno y feliz, simplemente estoy elevando la sinceridad con uno mismo, la integridad, la compasión, la conciencia de nuestras acciones y la justicia como metas más necesarias, perentorias y jerárquicamente superiores que la mera consecución de cualquier deseo en aras de un mermado y egoísta concepto de libertad. Quizás el motivo principal de que tantos erremos en nuestras formas de vivir sea la inobservancia de las consecuencias globales de nuestros actos, de desoír las improrrogables demandas de habitar un mundo en estrecha interconexión.

  2. Estagirita dice:

    Muy, pero que muy acertada la distinción entre el subjetivismo y el relativismo. Es importante porque se confunde a menudo: una cosa es decir que sólo uno es soberano a la hora de decidir qué le conviene en la vida, y otra cosa muy distinta -¡y muy equivocada!- es decir que cualquier cosa que sea lo que uno decida para sí mismo, si es sólo él quien lo decide, está bien. Aquí subyace en el fondo el problema de los límites morales de la libertad. Gran cuestión ésta. La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana en cualquier momento. La libertad es hacer lo que uno quiere hacer de verdad. El problema es que uno no sabe muchas veces qué es lo que quiere de verdad, y actúa a capricho creyendo que está haciendo un uso legítimo de su libertad.

    El comentario de Pau merece también (¡por una vez!) mi elogio. No me gusta ese uso peyorativo del término egoísmo y el modo en que se asocia a la libertad, pero bueno… No todo egoísmo es libre (en el sentido en que aquí hablamos de libertad) pero toda libertad es un acto de afirmación egoísta que no tiene por qué ser insolidario ni dañino. Sin un ilustrado “amor a sí mismo” no hay libertad que valga, lo siento.

    Y dejo para lo último el comentario a Aristóteles. La afirmación de Aristóteles puesta en la picota por Jorge tiene otra lectura -sin desmerecer la de Pau, que no me parece desacertada. Es ésta: dado que todo ser humano prefiere ser feliz antes que no serlo y al mismo tiempo todo ser humano prefiere ampliar el horizonte de sus conocimientos antes que estrecharlos, cabría esperar que toda forma de vida que comportara retos y estímulos intelectuales fuera más rica que cualquier otra que careciera de ellos. Creo, por tanto, que la expresión aristotélica “vida contemplativa” podría entenderse como “vida en la que el conocimiento, la información o la cultura fuera algo bueno por sí mismo, no porque sirva de medio a otra cosa”.

  3. María A. del Moral. dice:

    Creo que al decidirse una persona por elegir la vida contemplativa en el tiempo de Aristóteles, podía entenderse como la vida entregada al conocimiento y a la cultura, pero a partir de la edad media, era la elección de la vida monástica para adorar a Dios y llegar a la santidad para así alcanzar la vida eterna. Eso es otra cosa.
    ¿Es libre el hombre para poder elegir libremente sin la presión del mundo que nos rodea?…

  4. Alguien dice:

    No creo que fuese obligado aceptar legitimidad alguna en favor de la “causa” nazi a cambio de no abandonar tesis relativistas. Sin querer atacar ni defender relativismo alguno (a ponerse de acuerdo en el sentido de tal palabra), se podría decir de los nazis que no carecen de forma propia de ver las cosas sino que la tienen, pero de ver por los demás lo que todos deben ver, justo lo que ven ellos. Y lo que debe ver el otro, según el nazi, no es sino lo que ve, nazi, pero no en los demás (nazis o no) sino en su jefe. Los nazis, en realidad, no son nadie aunque, autómatas, hagan daño.
    Su jefe si es quien es: Mussolini, Hitler, Stalin, Franco…(Benito, Adolfo, José, Francisco y otros santos del santoral)
    El jefe; cualquiera con tal de anómalo, enfermo de mente, agresivo, loco, fuerte de fuerza depositada en su nombre de santoral, por lo demás vacío. Vacío pero puesto en la boca de una muchedumbre que solo sabe, uno a uno y en gigantesco conjunto, pronunciarlo.
    A este paisaje desolador faltaría tan solo una cosa para que pudiera ser acaso amable. Traigo aquí (me parece que conviene) una idea extraña por ser propia de otra entrada. Es del P. Lapuerta. La idea de una suerte de membrana que filtrase, separase, interpusiese algo en alguna clase de continuo antes de alguna forma indiferenciado. Digamos entonces en lugar de membrana o velo, digamos diferencia., una diferencia en virtud de la cual, volviendo ahora a esta entrada, ese jefe o dictador se desdoblase según ambos términos de la citada diferencia. Tan solo así, tan solo con eso, el dictador de acá se arrancaría en gesticular y vociferar de una manera. El dictador de allá de otra. Tan solo así esa muchedumbre de nazis quedaría desconcierta, neutralizada.
    Tal es, o al menos así lo entiendo, el sentido de Babel. ¿Sería relativismo ver en Babel un acontecimiento misericordioso en lugar de vengativo?

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