Hay en Schopenhauer una idea a la que se ha prestado poca atención porque, pese a que él insistió mucho en ella, se ha considerado equivocada. Me refiero a su convicción de que los seres humanos heredamos la inteligencia de nuestra madre y el carácter (o la voluntad) de nuestro padre.
Tenga o no razón, lo interesante de esta cuestión es un argumento en el que el filósofo de Danzig pretende apoyar su idea. Anticipándose a la teoría darwiniana de la selección sexual, Schopenhauer da cuenta de cómo la atracción que sentimos hacia determinados rasgos de nuestros congéneres del sexo opuesto está condicionada por el imperativo biológico de maximizar la reproducción. Sostiene, concretamente, que a las mujeres les atrae más el carácter que la inteligencia de los hombres. Cosas como la firmeza de la voluntad, el coraje, la bondad natural o la predisposición a colaborar que muestran los hombres, son más importantes para ellas que las virtudes intelectuales. Por el contrario, a los hombres nos atraen las mujeres inteligentes, despiertas, sensatas, y no reparamos tanto en sus virtudes o defectos de carácter; nos importa más que las mujeres piensen bien las cosas, y no tanto que tengan una personalidad fuerte o débil. Esta tendencia innata de las mujeres y los hombres en la atracción hacia el sexo opuesto es lo que mejor garantizaría que nuestros descendientes reúnan las mejores cualidades de sus progenitores (lo que redundaría en beneficio de su eficacia biológica): un buen carácter heredado del padre y una buena inteligencia heredada de la madre.
A pesar de su alta heredabilidad, la naturaleza poligénica de la inteligencia y la personalidad hacen poco probable que esto sea así. Sin embargo, no se ha demostrado que sea falso. Que no se demuestre la falsedad de algo no lo convertirá nunca en verdadero, pero me gusta pensar que tal vez en un futuro no muy lejano se descubra que Schopenhauer llevaba razón. Si así fuera, se vería definitivamente desmentido uno de los lugares comunes más desafortunados de esta cultura de predominancia masculina en la que nos ha tocado vivir: el tópico según el cual la inteligencia es cosa de hombres y la bondad del carácter cosa de mujeres.
11 Responses to Inteligencia de la madre, carácter del padre
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Sr. Lapuerta, ese tópico sobre las mujeres me parece que hace muchísimos años que está desmentido. No tiene más que mirar los resultados académicos de los alumnos de los institutos y de las universidades.
Cierto, como bien dice Nora eso de que la bondad es cosa de mujeres hace muchos años que está desmentido.
¿Algo que decir con respecto a los recortes en educación? ¿Algo que decir con respecto al adoctrinamiento al que serán sometidos los alumnos por parte del profesor de filosofía que dará clases de emprendeduría?
Varios asuntos de este post me han dejado notablemente perplejo. Comparto azoro con Lua ante el vocinglero silencio que se da aquí sobre ciertos temas de apremiante actualidad y urgencia. Excluyo, naturalmente, a Manuel de esta observación. Pero allá cada cual…
Sobre la cuestión de la inteligencia como rasgo femenino y el carácter del padre, el propio Lapuerta señala el indicio que elimina la mayor parte, si no toda, la verosimilitud intelectual de la propuesta schopenhaueriana: el carácter poligénico (al que habría que añadir el factor epigenético o ambiental) de la inteligencia, el carácter y tantos otros comportamientos. Por eso, proscribir la verdad a esta resultona simpleza lo veo poco útil y acertado. Además no concuerda con lo que uno ha ido escuchando por aquí y por allá. La inteligencia es un rasgo que eligieron las hembras prehistóricas (las siete Evas que llaman algunos en alusión a los siete tipos de ADN mitocondrial presentes en la humanidad, un remanente genético antediluviano que heredamos de la madre y que se ha mantenido prácticamente inalterado durante todos estos siglos) ante las evidencias manifiestas de las extraordinarias ventajas adaptativas que esta ofrecía. De esta manera la inteligencia de la especie (de hombres y mujeres) avanzó de la manera que conocemos. También comentan por ahí que incluso la riqueza “excesiva” de nuestros lenguajes se explica bastante bien como selección sexual (tenemos muchas más palabras de las que necesitamos para comunicarnos). Los hombres debieron inventar también un gran número de palabras y modos de expresión para cortejar a las hembras colmándoles los oídos de lindezas y otros madrigales.
Respecto a que Schopenhauer (pionero, parece ser, de cuantas grandezas en la humanidad han florecido) se anticipó a la teoría de la selección sexual de Charles Darwin, pues no es para tanto. Ya existían teorías en el ambiente de aquella época que permitían anticipar ciertos aspectos del darwinismo. Asimismo no debe confundirse la selección sexual con la selección natural. Aunque muchas veces actúen conectadamente, otras lo hacen de forma opuesta. Sirvan los casos de aquel ciervo que generación tras generación llegó a ostentar una grandiosa cornamenta impelido por los requerimientos de las hembras. Tan enorme cornadura llegó a detentar que se enredaba en las ramas de árboles y arbustos, convirtiéndose en presa fácil de sus depredadores, por lo que se extinguió. Otro ejemplo sería el de aquel pavo real de desmesurada cola ornamentada que tampoco podía huir convenientemente. Todos ellos casos reales. También se me ocurre como factor seleccionado sexualmente contrario a la selección natural el tamaño de los pechos femeninos. Sin estar directamente vinculados a la lactancia, en algunos casos alcanzan tamaños de escasa ergonomía y adaptación a la columna vertebral. Pese a que en este último caso no sea la extinción sino los dolores de espalda de algunas mujeres lo que demuestra el argumento.
Sin embargo, lo que mayor pasmo y estupefacción me ha causado, al margen de los escasos calibres epistemológicos de la hipótesis schopenhaueriana, hija de sus tiempos, ha sido percibir cómo desde una metafísica tan libidinal, pulsional e incluso “interpernal” como la de Schopenhauer, se pretenda establecer una manera tan sensata para elegir pareja como la expuesta. Me parecería mucho más acorde al tono general de su pensamiento (incluso habría acertado un poco más) una hipótesis centrada en los caracteres físicos y atributos sexuales de los individuos a la hora de seleccionar cónyuge, algo de corte más freudiano (avant la lettre), que no estas tan desusadas y sorprendentes afirmaciones para el filósofo de Danzig.
Pues si Schopenhauer estaba en lo cierto y alguno sale con la inteligencia del padre y el carácter de la madre… la cagaste, “Bur Lancaste”.
Me cuentan por allende que, teniendo en cuenta el carácter zafio y simplón del padre de Schopenhauer y la educación refinada y amplia y aguda inteligencia de la madre, la hipótesis típica de inteligencia paterna, carácter materno no le acababa de ir bien al bueno de Arthur. Casi nos la cuela el hombre dos centurias después…
Exacto, la hipotesis schopenhawaiana es una manera rebuscada del Arturo pelos-nike de decir..eh! un momento, soy listo! que he salido a mi madre…
Es asi como actuaba el pájaro..como el otro, su otrora cheerleader Nietsche …de mozo es antisemita, pero como se enamora de la Lou, que es una rusa de la tribu de las siete narices, reniega del asunto. Cuando la Salomé le da calabazas, cambia su pazguata lisonjería por la misoginia y perfecciona su teoría ultramarciana sobre la voluntad de poder mientras su hermana lo viola renovadamente (léase “mi hermana y yo”)…y claro, descubre la inmundicia del sexo…se hace Wagneriano y se enamora de Cosima, cuando esta le deja claro que prefiere a Wagner como hombre él afirma que prefiere a Bizet como compositor, y a Carmen antes que a las Walkirias…y tras lustros de predicar la muerte a tiempo y voluntaria muere en cama hecho un ñapo….aprendió del maestro en hacerselo venir todo bien…ay! los filósofos…joder que tropa!
Me ha dejado estuporoso y cardiovascular tu resumen (llamémoslo así) de la biografía de Nietzsche, Armatóstenes. Es como si alguien me dijera que Jesús fue el hijo de un carpintero que iba de divino. Me gustaría que me explicaras qué has entendido por «voluntad de poder» en Nietzsche para calificar su teoría de «ultramarciana». Esperando goces de buena salud al recibo de la presente, se despide éste que lo es etc., etc.
Sin embargo era el hijo de un carpintero e iba de divino.
La voluntad de poder es esa primigenia tendencia cósmica a la expansión de la propia energía creativa y de la propia voluntad, incluso a costa de la merma de las voluntades ajenas, por la que, pongamos por caso, un cochero de Turín puede golpear ad infinitum a su caballo hasta desollarlo para darse un rulo sobre el equino lomo domeñado mientras silba el Tannhauser vivaracho y heroico todo él.
Hay quien puede entender esta teoría como una pueril y ultramarciana desfachatez y abalanzarse compasivo sobre el caballo, para llorar amorrado a su morral. Pero eso sería propio de series inferiores y débiles, de seres compasivos y por tanto inoculados por una moral de esclavos…eso sería el tipo de cosas que jamás hubiera hecho Nietzsche en Turín el 3 de Enero de 1889. Porque haberse abrazado al cuello del caballo llorando amargamente con un llanto ahíto y sin descanso, hubiese supuesto reconocerse a si mismo como un infrahombre, o a toda su teoría como una marcian bisoñez insustancial, cosa que podría trastornar y hacer enmudecer al más niezschano de los superhombres niezschanos. No?
Si un hijo (varón) hereda A de la madre y B del padre, y su hermana hereda igualmente A de la madre y B del padre, han heredado lo mismo la que será futura madre y el que será futuro padre, lo que demuestra que la voluntad de cualquier padre es equivalente a la de cualquier madre, y, por supuesto, sus inteligencias.