Decía Kant que el ser humano necesita vivir en sociedad, pero también tiende a destruirla. En este dilema nos encontramos todos. Buscamos el calor del rebaño y pronto, en cuanto empezamos a sentirnos agobiados, deseamos la soledad, pues necesitamos tomar distancia; entonces sufrimos la crudeza del aislamiento y, como un péndulo, iniciamos el camino de vuelta añorando vernos de nuevo metidos en el redil social. Lo ideal sería encontrar una posición equilibrada, como la que propone la famosa imagen de los puercoespines ideada por Schopenhauer:
“Un grupo de puercoespines se apiñaba en un frío día de invierno para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo, pronto comenzaron a sentir unos las púas de otros, lo cual les hizo volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse los llevó a acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal; de modo que anduvieron de acá para allá entre ambos sufrimientos hasta que encontraron una distancia mediana en la que pudieran resistir mejor. Así, la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables los vuelven a apartar unos de otros. La distancia intermedia que al final encuentran y en la cual es posible que se mantengan juntos es la cortesía y las buenas costumbres.” (1)
La cortesía y las buenas maneras no son sólo fórmulas de respeto heredadas de la tradición. Tampoco son un mero artefacto cultural con el que lograr hacer feliz al otro. Son algo más importante. Son algo que a todos debería interesarnos, pues estabiliza ese movimiento de péndulo que provoca el dilema de la insociable sociabilidad. La cortesía y las buenas maneras son, ni más ni menos, la clave que nos permite mantenernos a la distancia social justa, eso tan difícil de encontrar. Quienes no han descubierto este encomiable valor es porque probablemente todavía andan dando tumbos del centro a la periferia y de la periferia al centro sin detenerse en la distancia intermedia.
Quizá, como sugiere Schopenhauer, sea necesario haber experimentado muchas decepciones en el trato con nuestros semejantes para poder darse cuenta de ello; los jóvenes -y los ingenuos- no habrían tenido tiempo suficiente para acumular experiencias negativas y por esa razón no valoran la cortesía como la utilísima herramienta que es.
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1. Arthur Schopenhauer, Parerga y paralipómena, Vol. II, Madrid, Trotta, 2009, pág. 665. (Trad.: Pilar López de Santa María).
4 Responses to La insociable sociabilidad
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Quizás el problema en este caso no esté tanto en encontrar un término medio sino en aprender a bailar. Si la realidad es vibratoria, acaso lo adecuado sea educarse en cómo bascular y no en preparar dónde detenerse: ahora con amigos, ahora solo, depende del momento, las apetencias o la historia. La vida es ritmo, danza la realidad. Sístole y diástole, primero un pie después el otro, tic-tac, dentro y fuera y el orgasmo, inspira y expira… Por eso también cabe observar que lo que, desde ciertos colectivos anticolectivistas, llaman cosas de la juventud o de ingenuos, sea más bien la actitud de resentidos y desengañados antiguos utopistas. Como el exfumador que pasa luego a ser el más terrible militante antitabaco que uno imaginarse pueda. Para finalizar, se inventa un equipamiento de estratagemas intelectuales para justificarlo. Se llama a sí mismo equilibrado, para llamar a los otros alterados o radicales ilusos. También prosigue con que los argumentos del otro no le convencen, pero como no puede rebatirlos satisfactoriamente en realidad y él es pluralista de etiqueta solo puede llamar al otro ignorante o demagogo. Víctima del pensamiento desiderativo, que confunde los deseos con los hechos (lo del wishful thinking no sé quien se lo inventó pero les chana un huevo usarlo por doquier, con el consiguiente menoscabo del significado de lo que dicen en realidad). Vamos que como se aleja tanto de sus congéneres y de su dimensión total acaba olvidando el arte del diálogo fructífero.
Lo que más claramente puede deducirse de la fabulita de los puercoespines, es que ésa debía de ser la imagen que Schopenhauer tenía de sí mismo.
Las personas necesitan muchas veces el incansable apoyo de sus respectivos familiares o amigos, para de esta manera poder superar obstáculos, superarse a si mismo o superar a los demás en algo, y por ese último motivo se puede decir que las personas tienden a destruir la sociedad, cómo puede ser evadiéndose de esta por una competitividad mal establecida, pero que a su vez es la que atrae a seguir inmerso en sociedad.
Por tanto nos quedamos en una paradoja; querer vivir en sociedad para poder competir contra ella.
Así que se puede decir que la sociedad “es como el sol, de cerca quema y de lejos brilla.” (Xhelazz)
El que és bo, si a més és breu i està ben expressat, esdevé encara millor. Aquesta imatge dels porcs senglars és suficienment expressiva. Ara nosaltres com a col.lectiu de professorat hauríem de pentinar-nos les punxes, i aproximar-nos el màxim possible…perquè la realitat que se’ns vol imposar cre que mereix suportar altres petites incomoditats que trobarem pel camí.