Francisco Lapuerta Amigo

Francisco Lapuerta Amigo

De repente, me topo en un libro con esta frase: «Todas las cosas  son maravillosas en el ver, pero terribles en el ser» (Alle Dinge sind herrlich zu sehn, aber schrecklich zu seyn). Como explica la traductora en una nota a pie de página, lo que quiere decir el autor es que lo terrible no es el ser de las cosas, sino el hecho de ser una de ellas. El ser de las cosas puede ser mirado, contemplado, disfrutado sin una profunda implicación por nuestra parte. Por el contrario, no podemos dejar de estar implicados en aquello que nos está pasando a nosotros, razón por la cual disfrutar la propia experiencia desde dentro es bastante más difícil.

Y es que los problemas no vienen tanto del ver, sino del padecer. Una cosa es ver, como espectador distante, la realidad. Otra cosa es ser parte de esa realidad. Hay un abismo de diferencia entre una experiencia exógena (la del espectador) y otra endógena (la experiencia del sujeto que actúa). Lo primero es, sin duda, más soportable que lo segundo. Si es así generalmente, ¿no podríamos hacer como si lo que nos sucede lo estuviéramos observando en otro? ¿No podríamos intentar vernos a nosotros mismos desde fuera?

Lo hacemos constantemente. Cuando nos sucede algo malo solemos ponernos en lugar de un imaginario espectador imparcial para valorar nuestra propia experiencia y distanciarnos afectivamente de ella. Nuestra capacidad empática no sólo nos permite entender cómo vive su desdicha otra persona, sino también cómo lo hacemos nosotros mismos. Podemos tener un serio disgusto en el trabajo, en la familia, en los negocios, podemos lamentarnos de que nuestro equipo de fútbol favorito haya perdido el campeonato, podemos deprimirnos por que el proyecto que teníamos entre manos no haya podido salir adelante, podemos sentir que todas estas cosas nos han causado un malestar insuperable; pero pronto, casi sin darnos cuenta, nos estaremos viendo a nosotros mismos como desde la perspectiva de otro (tal vez, incluso, de otro con menos suerte); pensaremos entonces que no habríamos de compadecernos de tal manera, pues visto desde fuera no es para tanto, y es sabido que existen situaciones peores… No habrá desaparecido del todo la preocupación, pero sentiremos un cierto alivio.

Tal vez un familiar o amigo nos haya ayudado un poco al decirnos algo así como: «esto pasa a menudo», o «no eres el único al que le ha pasado», o «a mucha gente le va peor». Nos habrá empujado a hacer ese movimiento, casi siempre espontáneo, que va de ser el sujeto de la experiencia a verla desde fuera. Algo que resulta muy sano y conveniente: de vez en cuando necesitamos salir de nosotros mismos y vernos como uno más entre muchos. No por eso lo que nos pasa nos deja de pasar a nosotros, pero habremos relativizado el hecho de sufrirlo, pues lo habremos visto no como algo único e irrepetible, sino como un suceso común, uno más entre otros.

Hasta aquí sólo he hablado de experiencias negativas. Se podría objetar que en el caso de las experiencias agradables, la vivencia desde dentro no es peor que la contemplación de esa vivencia desde fuera. Nadie querría dejar de ser el que protagoniza una experiencia placentera para pasar a ser un mero espectador de la misma. Pero la cuestión no es tan sencilla. Generalmente, cuando nos vemos a nosotros mismos disfrutando de una experiencia futura, por ejemplo de un viaje que vamos a emprender, la anticipación del placer es ya en sí misma una experiencia extraordinaria, casi siempre mejor que la experiencia del viaje in situ. Lo mismo sucede cuando nos recreamos con el recuerdo de una experiencia dichosa. Miramos la foto pensando «¡qué bien me lo pasé!»; y no es que realmente nos lo pasáramos tan bien, sino que nos estamos viendo como si nos lo hubiéramos pasado así de bien. De este modo hemos pasado de ser desde dentro a ver desde fuera.

Sal de tu propio ser y mírate con objetividad. Vale la pena intentarlo: siempre salimos ganando con ello.

Así lo resume Schopenhauer: «La existencia objetiva de todas las cosas, es decir, su existencia como mera representación, es algo totalmente alegre, mientras que su existencia subjetiva, consistente en el querer, está fuertemente mezclada de dolor y tribulación. Entonces bien podremos admitir como breve expresión del tema la proposición: todas las cosas son magníficas de ver, pero terribles de ser» (1).

1. Arthur Schopenhauer, Parerga y paralipómena, Vol. II, Trotta, Madrid, 2006, pág. 493 (trad. Pilar López de Santa María).

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10 Responses to Ser desde dentro, ver desde fuera

  1. Andrés dice:

    No sé si estoy de acuerdo o no. Es como afirmar que la existencia del ser humano está siempre llena de tribulación y dolor, como dices, que nunca podremos entonces medir lo bien que “somos” de manera subjetiva, porque SIEMPRE nos “veremos” mejor de lo que “somos”. No sé si me explico. Pero al mismo tiempo, puedo ver que de manera “objetiva” podamos calcular mejor cómo “somos”, es decir que mientras te “ves”, ves cómo “eres”. Como cuando dices que hay alguien que nos reconforta diciendo todo aquello. Muy curioso artículo. La realidad siempre es interesante desde el punto de vista del espectador… Vaya, me he rebatido a mí mismo con esto de la realidad…ahora tendré que reconfortarme diciéndome que es lo que siempre pasa…. ¿Ves? Otra vez…

  2. Pilar dice:

    Muy de acuerdo con observarse a si mismo desde fuera.
    Al mirarnos desde fuera nos convertimos en observadores.
    El ser observador nos hace ser objetivos. Vemos todo sin la influencia de la emoción, sin sentimientos, ni pensamientos que interfieran en la visión real.
    De esta manera la realidad en limpia y pura.
    Es la manera de asegurarse uno a si mismo que no se confunde.

  3. El Padrino dice:

    Está muy bien la objetividad en cuanto sea juzgar las cosas con determinado criterio, independientemente de que sean propias o ajenas pero, en la práctica, eso puede quedarse en lo impersonal en el sentido pobre de la palabra, en una construcción artificiosa. Porque las personas, como tales, no solo podemos “conocer” sino también “saber”, experimentar el sabor. Y lo que nos toca muy de cerca es normalmente no insípido.

    Claro está que es una redundancia, pero la vida está llena de “vivencias”, de situaciones y sentimientos que afectan a lo más íntimo. Que no son fácilmente transmisibles a quienes no las hayan experimentado de análoga manera. La amistad, el amor de pareja, la plenitud de la paternidad , la sensación de hacerte mayor, la interrelación fe-vida en su caso o, en otra línea, la pérdida o desgracia de un ser querido podrían valernos de ejemplo.

    Estoy de acuerdo con lo de que salir de nuestro propio ser nos enriquece. Por el contrario, no creo que, en el fondo, podamos decir que el “ver” sea agradable y el “ser” terrible. Aunque habría que conocer el contexto en el que se llegue a esa conclusión, en principio me parece que no es de recibo tal perspectiva ni siquiera con carácter general.

  4. Pau dice:

    La cosa parece más sencilla y más compleja a la vez. Ser y ver son correlaciones de un mismo movimiento. Interior y exterior conforman una unidad dinámica, uno sin el otro no tienen sentido. O sea, que el ver es un ser y el ser es un ver, valga el ripio. Igual que fondo y figura realizan una totalidad con límites muy demarcables pero asimismo una unidad indisociable, la costa separa el mar de la tierra, pero es también el perfil que muestra la sólida unión de ambos.

    Es más sencilla porque el ser es una jerarquía de visiones (jerarquía de desarrollo, no una “scala dei” de dominación), un flujo que opera hacia visiones más complejas y abarcantes, y a su vez todo ver es un “pliegue” del ser donde éste está todo implicado. Pero a la vez es más complejo porque nos obliga o concita a pergeñar visiones más amplias, a desarrollar perspectivas que van contra la lógica (o más allá de la lógica, porque no se trata para nada de abandonar la racionalidad) y a asumir oposiciones y contradicciones, cosa que la razón (tan útil, imprescindible y grandiosa para tantas cosas) es incapaz de abordar. Aquella líquida fluidez del símbolo yin-yang sirve de excelente preámbulo.

    La ilustración operó muchas y necesarias distinciones: iglesia-estado, religión-razón-moral, sujeto-objeto. Pero en su movimiento de distinción terminó disociando y directamente negando facetas totalmente reales. Sin convertir todo en un puré de indefinición irracional o preformal, anulando las ricas diferencias, debemos hacernos conscientes de que la disociación de estos elementos, convirtiéndolos en insalvables oposiciones, como el vivir y el ver en este caso, conlleva implícitos múltiples prejuicios que si no se tematizan pueden peligrosamente transformarse en el summum de la realidad. Para empezar esa “amabilidad” de la objetividad aparece en unas circunstancias histórico sociales, llamémosle Ilustración. Además, ese afán por objetivar y analizar la realidad racionalmente, tan identificativa de la modernidad, proviene de ímpetus subjetivos e intereses concretos, como el propio Einstein señalara. Sacralizar el hiato entre sujeto y objeto conlleva contemplar el mundo de un modo aislado, abstracto y reduccionista rayano en la alienación, lo que acaba originando todo tipo de filosofías e impulsos materialistas. Entonces la economía pasa a primer plano y se convierte en una forma vicaria de liberación. Por su parte, la aridez de la “actitud” del conocimiento abstracto y su distanciamiento de la riqueza sensorial y vital termina abocando al típico mundo de la modernidad que Max Weber calificó como “desencantado”. Por eso no es tanto verse desde fuera, desde una desértica instancia de objetividad, sino verse integrando entidades cada vez más complejas e interrelaciones sistémicas en ese ver-ser que cada vez es más complejo e interdependiente. Ese ver más amplio no es un fuera, es un círculo englobante de mayor radio que contiene simultáneamente las llamadas interioridades y exterioridades (como también deberá contener las dimensiones individuales y las colectivas). Parafraseando una acertada apreciación del Padrino: complejidad de un solo sabor, y un ver y un ser en un solo saber…

  5. Armatostenes dice:

    Ciertamente la noción de voluntad de Schopenhauer, entendida como pathos, es un doliente padecer, que quizá sea una afección presente en todos los seres pensantes, no digo yo que no, pero que no por ello debe ser ineluctablemente una característica del humano como tal…. a menos que no reincidamos en la visión del sujeto como fundamento último de valor, y menos aún profiramos apotegmas Wittgensteniano en el contexto de una trascendentalidad que se remita a un sujeto que no esté más allá de los límites del mundo, sino que se determine como un límite del mundo en el que lo trascendental es, por tanto, el límite (como concepto fronterizo), y el sujeto, lo sujeto a ese límite (o sujetado si se prefiere).

    Pero a lo que iba, como sabemos, toda metafísica (también la que disfraza Schopenhauer) es un error que consiste en tratar el epifenómeno como otro fenómeno, otro siendo, otra vida…y donde queda el ser? Ojo, que solo estoy especulando, y no estoy diciendo que haya que considerar el ser como un siendo superior que fundamentaría la constancia de los demás siendo percibidos, sino más bien que debiéramos entonar el asunto pensándolo como un vacío o un no-siendo, a través de cuya refulgencia se plantean las variaciones singulares que costituyen el mundo y mueven la vida.

    En realidad el dilema que se ha planteado en el escrito –tan decisivo supongo para algunos- me tiene sin cuidado: no me impresiona particularmente la metafísica ni su innovaciones en términos ontológicos, y no hubiese participado en el debate si no fuera porque leyendo la aportación de Pau, he sentido el advenimiento de una arcana epifanía categorial que da respuesta definitiva al viejo problema filosófico aquí planteado: porque en el “ver” hay una visión sensible del fenómeno, pero también del ser que permite que el fenómeno se manifieste. Algo así como lo que sucede con el Ereignis Heideggeriano: esa suerte de emergencia contingente y eventual del acontecimiento de los entes que los filosofastros llamais posibilidad de ser, Posset, y vete a saber que mas… y que yo acostumbro a llamar fru-frú. Quiero decir que el ser se manifiesta precisamente porque el Dasein humano es una entidad esencialmente descubridora, ya que constituye un porvenir que desborda cualquier presencia del presente como también cualquier inmemorial de la memoria. Así en lenguaje Deleuziano lo digo aunque os escueza. De hecho, el Dasein es el que posibilita no sólo la manifestación de los entes, la manifestación como apertura (Erschlossenheit) del Dasein sino también su condición originaria: el desvelamiento del ser como forma primaria de la verdad. Y este desocultamiento, como desvelamiento del ser, solamente es posible porque el Dasein es una existencia constitutivamente abierta a entender el ser de los entes.

    Heidegger señalaba acertadamente, ahora que caigo, que en nuestro trato con los entes, dejamos que éstos sean en una suerte de indiferencia (Gleichgültigkeit) metafísica que no hace nada para que los entes sean lo que son. Con esto tocamos un punto esencial, y es que la transcendencia, el estar volcada hacia afuera de sí mismo, hacia la desvelación del ser de los entes, que es la estructura fundamental de aquel Dasein.

    Y al cada vez más sabio Pau le propongo desde aquí elaborar conjuntamente un principio de razón suficiente, una lógica del sentido y una ontología de la diferencia (que nada tiene que ver con esa bobería schopenhaueriana de una voluntad que interpreta y valora la vida sin interpelarla) que haga emerger espontáneamente la diferenciación….me estoy poniendo tope bergsoniano pero ya acabo… y la teoría que debemos desarrollar (interpelo nuevamente a Pau) debe conllevar una forma suprema de praxis consistente, precisamente, en un dejar acontecer el desocultamiento, en un hacer que suceda la verdad (zum Geschehen bringen, geschehen lassen).

  6. Alguien dice:

    Las palabras claves “ser” y “ver” vienen a reforzar su radical diferencia con otra que las sitúa de frente una contra otra: ser DESDE dentro, ver DESDE fuera.
    Sean las dos orillas de un río (sea la línea de la costa en la imagen de Pau) Desde una vemos la otra. Desde la otra vemos la una. En el fondo el hiato, el río, subsiste.
    Me gustaría borrar esa diferencia. Me gustaría decir también “ser desde fuera, ver desde dentro”. Porque viendo somos tanto como siendo vemos.

  7. Alejo Urzass dice:

    El primero de los 83 consejos que Gurdjieff dio a su hija, según cuenta A. Jodorowsky, y que me parecen muy interesantes, dice así:
    1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
    Esto mismo es lo que intenta, creo, decir Schopenhauer, solo que, como siempre, Schopenhauer pone la lupa en lo negativo y pretende separarlo para quedarse en su mundo de representación, tan empobrecedor, en el que realmente no se puede vivir.
    Por el contrario este primer consejo Gurdjieffeano utiliza el “ver” (“fija tu atención…”) para conducirlo al ser (“…en ti mismo y sé consciente en cada instante…”), lo cual resulta enriquecedeor. La metáfora del simbolo yin-yan que menciona Pau es bien oportuna.

    • filip@ dice:

      No lo entiendo. Si en el primero de los consejos aconseja que fije su atención en si misma, que sentido tienen los 82 consejos restantes? Si presta atención a esos consejos es, lógicamente, porque no ha atendido al primero…Esa historia, por mucho que sea de Jodorowsky es más incomprensible que los delirum tremens lisérgico-conceptuales de Pau y Armatostenes

  8. Alejo Urzass dice:

    filip@, le voy a contestar como si me tomara en serio su pregunta: Fijar la atención en uno mismo no implica exclusividad. Nada impide prestar atención al resto de los consejos. Esa historia no es más comprensible ni menos por ser, o no, de Jodorowsky. Se trata de consejos. Usted ya sabrá que los consejos no son para quien los necesita sino para quien los quiere aceptar.

  9. tu gatiko orinagua dice:

    muy buenos comentarios.

    En cuanto a Armatostenes y a pau, para que utilizar mil palabras si puedes emplear 100 para transmitir una idea con claridad y contundencia.

    En cuanto al tema, el brillo filosofico que le inyecta el señor Lapuerta a sus entradas, vuelvo y recalco me gusta mucho.

    Filip, que buena conclusión.

    y en cuanto a la frase “los concejos no son para los que lo necesitan sino para quienes los quiere aceptar”, solo me resta decir todos los días se aprende algo nuevo.

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