Si me preguntaran (prudentemente, nadie lo hace) qué significa la filosofía para mí y tuviera que explicarlo en una frase sencilla y breve, diría que es sacudirse la anestesia de la familiaridad y ver las cosas en toda su extrañeza.
La costumbre es lo que nos hace percibir como algo normal lo que no lo es. Desde el nacimiento hemos estado en contacto con seres humanos y hemos sabido que somos individuos conscientes que viven en un mundo civilizado. Si tratamos de verlo con ojos nuevos, liberándonos de toda preconcepción alimentada por la familiaridad con lo que desde la cuna ha sido habitual para nosotros, entonces hasta lo más elemental resulta extraño. Resulta extraño, sin ir más lejos, que podamos hablar, razonar y preguntarnos qué hacemos en este mundo, qué es el hecho de estar vivo.
Resulta extraño y conmovedor comprobar el tipo de animal que somos: el único mamífero terrestre sin pelaje corporal (junto con la rata-topo lampiña); un animal de parto difícil a causa del tamaño hipertrofiado de su cerebro; un inquieto primate que ha abandonado la vida salvaje para construir ciudades amuralladas, adorar seres imaginarios y complicarse la vida en sociedades fuertemente estratificadas; un pariente del chimpancé fascinado con la tecnología y los viajes a la luna, entusiasta del poder y la guerra, ambicioso consumidor de placeres, coleccionista de desdichas, un sentimental de vocación dramática, el único animal que piensa en sí mismo y se cuestiona su propia existencia.
No sólo eso. Tiene, a pesar de su inteligencia, una escasa concepción del paso fugaz del tiempo. Parece no comprender que él no es más que una pequeña perla en el hilo de las generaciones que se suceden. La principal ocupación del hombre es procurarse materia que ha de introducirse por la boca para expulsarla después por el ano. Vive fundamentalmente para esta tarea, y también para satisfacer sus deseos genitales. Pues más que su capacidad de razonamiento, es su instinto de reproducción lo que le lleva a propagar su especie. Todo ser humano ha salido del cuerpo hinchado de una mujer por una pequeña abertura que tiene entre las piernas. Tanto la mujer como el bebé sufren lo indecible, pero ahí está, esparcido por la superficie de todo el planeta, reproduciéndose sin límite ni decoro. Pronto envejece y enferma, y es entonces cuando se da cuenta de que su vida ha pasado rápidamente, y que tanta agitación y angustia, tanta prisa por llegar no sé adónde, tal vez no habría valido la pena.
Lo más asombroso no es esto. Lo más asombroso es que a pesar de todo disfruta de la vida.
13 Responses to El hilo de perlas
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“La principal ocupación del hombre es procurarse materia que ha de introducirse por la boca para expulsarla después por el ano. ” Hombre…visto así…
Excelente ejemplo del reduccionismo biologizante del schopenlapuertismo. La apreciación de la filosofía como intensificadora de las perplejidades ante la realidad me parece acertada siempre que no se quede en esa tan traída exaltación de la extrañeza que posee esos visos de pluralidad políticamente correcta. Todo para acabar tímidamente afirmando lo que, supuestamente, desde la biología permiten a la filosofía: que somos un rosario de perlas construido y labrado a partir de los zurullos con que vamos ornando los humanos el decurso los siglos y que, a su vez, nutren la tierra que alimentará a las futuras generaciones de los autoconscientes defecadores que esencialmente somos. Es lo que siempre ocurre por aquí. Una versión ciudadana y descafeinada que Schopenhauer hace a partir de las tradiciones orientales, hinduístas y budistas principalmente, mucho más acertadas, pertinentes e intensas que este caso particular del reduccionismo.
“Parece no comprender que él no es más que una pequeña perla en el hilo de las generaciones que se suceden”. Desde el budismo principalmente se utiliza la metáfora de la red de Indra en su concepción cosmológica. Semejante a la del hilo de perlas que Lapuerta destaca, pero, ahí está la clave, no meramente un hilo, sino una red que se extiende infinitamente y en todas direcciones. En cada intersección de esta red hay una perla o gota de rocío que refleja a todas las otras, que a su vez reflejan a las demás y a sus reflejos. Se trata de una imagen superlativamente adecuada para expresar la realidad de la interconexión de todas las cosas y también para mostrar cómo está contenida, plegada o implicada la totalidad en cada parte de esta. http://es.wikipedia.org/wiki/Red_de_Indra
Tarde o temprano Lapuerta se atreverá a desvelarnos el axioma secreto en el que se fundamenta el Schopenhauerismo liberal “el ser humano es un zurullo y lo demás son mierdas”.
Tiene gracia. He leído la entrada de Lapuerta (muy bien escrita, por cierto) y no he encontrado en ella, ni de lejos, alusión alguna al liberalismo. Pero he aquí que Armatóstenes, con su incansable y cansino antiliberalismo, ve trazas del Maligno en no se sabe qué pliegues y entrelíneas de lo que escribe Lapuerta. «Pegue o no pegue, en el cogote te pinto un loro», escribía Ortega y Gasset, y éste parece ser el lema del inenarrable, inefable, progre hasta decir basta Armatóstenes.
El caso es que si pegaba, Epicurro. Por una vez me parecen atinadas las verbosidades psicotrónicas de Armatostenes. No es que pegue o no pegue, puesto que Arma (me tomo la licencia de mentarle de esta guisa) afirma tan solo “en passant” al liberalismo, lo cual no parece un síntoma de obcecación progre sino que Arma ha leído con gran detenimiento y pericia la gran mayoría de textos de Don Paco. Si se reflexiona un poco, se observa que liberalismo, mecanicismo y darwinismo son distintas caras de un mismo poliedro (también la insularidad británica tiene un mucho que ver). En ese exclusivismo salpimentado de obcecación schopenhaueriana y amabilidad epicureísta (de lo que usted sabe más que nadie, Don Epicurro) estriba fundamentalmente la limitada perspectiva que Arma resalta sardónicamente.
El comentario de Pau me parece muy atinado. De este en concreto sí que he aprendido. Normalmente no suelo entenderle totalmente…
Liberalismo, mecanicismo, darwinismo, insularidad. ¡Qué lío, don Filip@! ¿Y por qué no añadir a semejante macedonia etrusco-intelectual la cocina tailandesa, el códice calixtino y los viajes a la luna? Ya puestos… Saludos cordiales de éste que lo es.
No por un casual ustedes aunan tan a las claras estas nubosas etiquetas (ahora viene cuando me dice “¿ustedes? yo soy un individuo con mis propias ideas, ¡faltaría más!”). Faltaba, eso sí, la chiripa (o azar) “para gobernarlos a todos”, nada por encima del individuo, en suma. Si le parece una macedonia, un puré o incluso una diarrea intelectual, tiene usted razón. De ahí la crítica, señor don Epicurro.
Ese día nuestro corazon dará un brinco y saltará de nuestro pecho al inodoro. Después tirará de la cadena.
Ni que se hubiera abierto veda del tiro al paco.
Me extrañan afirmaciones como la de “el tipo de animal que somos: el único mamífero terrestre sin pelaje corporal (junto con la rata-topo lampiña)”, primero porque conozco a varios, del tipo animal que somos, que tienen pelos hasta en la lengua, y segundo porque aunque el hipopótamo pudiera no ser considerado del todo mamífero terrestre, tanto el elefante como el rinoceronte serían mejores ejemplos de escaso pelaje antes que esa extravagante rata-topo lampiña, que he debido, para mi espanto, buscar en google.
Al grano: que a pesar del derrotismo misantrópico que destilan la mayoría de las reflexiones de Don Paconhauer, comparto el deseo (o mejor, el impulso) de querer “sacudirse la anestesia de la familiaridad y ver las cosas en toda su extrañeza”. Y me quiero quedar con esto mejor que con el cierre del artículo. No sin antes, animar (o, si es preciso, conminar) a Don Francisco a sacudirse la anestesia de la familiaridad (que hemos convenido como filosofía) no solo a base de fe en la ciencia (¡qué cotidiana ironía!) sino de fe en el hombre, que es lo que le faltaba a Don Arthur. Y aceptar que, no todo lo que se conoce, se conoce de forma científica, y que su idolatrada razón es el mayor anestésico, por lo que, aceptar como vía de conocimiento la religión o el arte, es una garantía de poder ver con otros ojos las cosas en toda (o al menos en una gran parte) de su extrañeza.
Amigo Francisco, si me hubieran preguntado a qué responde la descripción “sacudir la anestesia de la familiaridad y ver las cosas en toda su extrañeza”, yo no hubiera dudado en decir “hacer poesía”, o por desvestir dicha labor de un aura innecesario: “vivir poéticamente”.
Entiendo la familiaridad, la costumbre, como algo de mayor calado que un sedimento inerte, anestesia que sacudir o despertar. La entiendo como algo más que que parásito al que alimentar sin respuesta, consumidor estéril de nuestros mejores alimentos.
Antes bien la considero como el propio fundamento de todo consuelo ante algo que sin ella, sin la costumbre, la cotidianeidad, la familiaridad, sería del todo absurdo, incomprensible.
Creo que todo pensamiento se podría considerar como esculpido en los sedimentos petrificados de la costumbre.
“La costumbre es lo que nos hace percibir como normal lo que no lo es”.
De acuerdo. Sin ella todo sería enloquecedor, caótico y anormal.
Gracias a las repeticiones en que anida la costumbre se configura el propio pensamiento. Sin ellas no sería extraño el habla sino que no hablaríamos, no extraña la razón sino que seríamos locos, no preguntaríamos sobre lo que hacemos en este mundo sino0 que, literalmente, no podríamos hacerlo por estar en otro.
No es que la familiaridad sea inerte. La familiaridad pudiera ser una alfombra a la que sacude usted el polvo. El polvo se posa como una mirada anestesiada.
Valga eso. Que no sea inerte le familiaridad. Lo que intento decir es lo siguiente: sea una diferencia que se repite. Tal es la condición de posibilidad de que una costumbre aparezca. Entre las palabras y su sentido solo hay un puente que se asienta en la familiaridad y en la costumbre, ya olvidada, en que hubo de sernos impuesta la repetición de asociar a cada cosa una palabra. El habla no es sino la expresión, la puesta en práctica de una familiaridad o costumbre ancestral, olvidada.El habla fuerza, por así decirlo, la impasible presencia y mutismo de las cosas. Y el apoyo en que apalanca no es sino el prestado por la costumbre de asociar (o de darnos asociada) una palabra para una cosa
señor la puerta, debo decir que las entradas que usted realiza a este blog me gustan mucho.
comencé a leer pensar libre por mera casualidad; solo buscaba una opinion a cerca del Fenomeno y el Noumeno de Kant, y ¡Eureca!, me he encontrado con un verdadero pensar libre.
Me gusta mucho lo que usted escribe, supongo que es por el enfoque filosófico que usted le da a su opinión, dejando a un lado el subjetivismo.
y ni hablar de las opiniones que muchos lectores del blog agregan….